Ya, en esta parte de la historia, hay un quiebre bien fuerte, inesperado y bastante jodido.
¿Qué debemos decir cuando nos vamos? ¿Debemos esperar pasos apurados, afligidos, llorados, que nos pidan que nos quedemos? ¿Es mejor salir apurado y sin retorno?
El caso es este.
Ahora el volantín vuela, dañado, eso si, como cuando se caía en picada y se golpeaba el palillo de la punta y se despejaba el papel y había que meterle scotch y hacerle un par de nudos para que equipara el peso y no se volviera loco en el aire.
Así es hoy.
Ando atando nudos en cada tirante para no enloquecer en medio del vuelo.


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